viernes, 11 de septiembre de 2009

OCHO AÑOS DESDE EL 11-S


OCHO AÑOS DESDE EL ONCE-S

“Un oficinista de treinta y dos años se tira al vacío desde la planta 86 del WTC para matar el sufrimiento que le causan las llamas en su cuerpo, no sin antes haber llamado a su mujer para decirle que le ama y que cuide de las niñas”

Hoy, ya ayer, hace ocho años del brutal ataque a EEUU perpetrado por una célula islamista. Es una efeméride triste. Como esa melodía lenta que de vez en cuando suena por la radio mientras conduces, trayendo un momento amargo en tu vida, una ruptura dolorosa, una pérdida, como si de repente volvieras a esa persona que eras hace dos, tres, diez años…
Seguro que a cualquiera que le preguntes cómo se enteró de la noticia, qué hizo ese día, con quién habló, te podría dar pelos y señales con una exactitud milimétrica. Pura adaptación humana, cuando el horror te golpea un directo a la mandíbula y es retransmitido en directo por la CNN.
Las imágenes las hemos visto hasta la saciedad y desde todos los ángulos posibles. Se han escrito miles de libros con millones de teorías, muchas de ellas de lo más rocambolesco, riadas de tinta en periódicos, y millones de horas en TV, distintos análisis y lecturas variopintas.
Y todo ello, para mí, se resume en sólo una verdad: miles de muertos, miles de familias destrozadas, miles de víctimas “inocentes”. Pienso cómo ha evolucionado el Mundo desde entonces, y las consecuencias inmediatas de esos hechos. Y sólo SE ME OCURREN TRES COSAS: más muertos, más familias destrozadas, más víctimas inocentes. Punto. Punto, y final.
Una herida abierta en Afganistán, un baño de sangre en Irak, y la mayor vergüenza para los países occidentales en Guantánamo (Thanks, George W.).
Debatiendo en el bar de la esquina sobre el porqué de los ataques, casi todos coincidíamos en lo mismo. Tantos años dando patadas en el culo, y ahora toca recibirlas, my friends. Lo malo es que siempre somos los mismos los que pagamos la factura, la carne de cañón. El limpiador del bufete de abogados, la pobre ama de casa que volvía en avión de ver a su hija después de dar a luz, el marine puertorriqueño al que revienta un mortero en Famara, el mecánico de Alcalá de Henares que se va a currar en tren, porque el coche se le va de presupuesto…
¿Qué hay de los que aprietan el botón, y nunca sufren las consecuencias? ¿Quién va a juzgar a los hijos de perra que mandan a morir a su gente por nada, por un puñado de petrodólares? Espero que el tiempo les juzgue,y la historia les ponga en su justo lugar. Mientras, tenemos que aguantar ver sus caretos dando lecciones de estadismo en conferencias por todo el Mundo a precio de petróleo irakí.. Y a mí me viene a la memoria el sencillo reloj negro que luce en su muñeca Pilar Manjón, como único vestigio entero que pudo rescatar del cuerpo enxangüe de su hijo de entre los hierros retorcidos de un vagón cualquiera en una estación cualquiera. Y me cago en la puta madre de todos los que aprietan botones.

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